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Ha llegado la hora de combatir la malaria
Por Ban Ki-moon
En cuanto a guardias de seguridad, los míos son
relativamente imperturbables.
Rara vez se inmutan ante grupos turbulentos o focos de
tensión después de un conflicto. Sin embargo, un día,
cuando viajaba por África oriental el año pasado, entré
en una nube de mosquitos. Los rostros de mis
acompañantes me hicieron comprender que una guardia de
seguridad no podía contender con una amenaza inerme tan
diminuta.
La malaria es una causa de muerte implacable. En el
tiempo que lleva leer este artículo, se habrá cobrado la
vida de seis niños más. Anualmente, hasta 500.000
millones de personas se enferman de malaria. Más de 1
millón pierden la vida.
Los expertos dicen que la malaria desacelera el
crecimiento económico en África hasta el 1,3% por año,
traba el desarrollo y tiene un costo de decenas de miles
de millones de dólares en concepto de productividad
perdida. En los países donde es particularmente aguda,
es común que la malaria consuma hasta el 40% del
presupuesto de sanidad del Estado. Esta situación tiene
un efecto paralizante sobre la sanidad social, el
bienestar y el desarrollo.
La situación es inaceptable, tanto más cuanto que la
malaria es prevenible y tratable.
La comunidad internacional ya ha vencido otras pandemias
letales. Se ha erradicado la viruela. Estamos ahora en
la etapa final de la erradicación de la poliomielitis.
No vamos a poder erradicar enteramente la malaria en
forma inmediata. Pero podemos controlarla y reducir
extraordinariamente sus estragos, si mancomunamos
nuestra acción.
El 25 de abril, la comunidad internacional conmemora el
primer Día Mundial de la Malaria. El 25 de abril, el
sistema de las Naciones Unidas y sus asociados lanzan
una gran iniciativa internacional para ampliar nuestra
lucha antimalárica.
Es la primera vez que la comunidad internacional
emprende una actividad de control en gran escala. Aunque
ha habido iniciativas que han producido algún progreso,
la falta de recursos para una cobertura universal nos ha
obligado a restringir fundamentalmente nuestro esfuerzo
a los niños pequeños y a las madres embarazadas, los dos
grupos que corren el mayor riesgo de mortalidad. Hemos
salvado vidas, pero también hemos dejado a un gran
número de personas desamparadas frente al flagelo, y
ello ha servido para mantenerlo vivo y difundirlo entre
la población. En consecuencia, la malaria sigue siendo
endémica en todo el África al sur del Sáhara, Asia,
América Latina y el Caribe.
El éxito en la lucha antimalárica requiere solamente la
distribución general de mosquiteros y medicinas, junto
con un rociamiento residual apropiado en interiores.
Cuesta menos de 10 dólares comprar y distribuir
mosquiteros impregnados de insecticida, que duran hasta
cinco años. Con esa sencilla inversión, los gobiernos
brindan protección por cinco años. Los beneficiarios
pueden ir a la escuela, trabajar y contribuir
productivamente a la sociedad.
Es difícil pensar en 10 dólares mejor gastados. Pruebas
al canto: Etiopía ha reducido en 50% la tasa de
mortalidad por malaria en la niñez en los últimos tres
años. Rwanda redujo en dos tercios la mortalidad en la
niñez. Ambos países distribuyeron millones de
mosquiteros impregnados de insecticida de larga duración
y medicamentos antimaláricos a los necesitados.
Ahora tenemos que ampliar nuestra acción a todos los
países afectados. Por esa razón, junto con la iniciativa
“Hacer retroceder la malaria” y mi nuevo Enviado
Especial para la Malaria, el Sr. Ray Chambers, propongo
una visión audaz, pero viable. Nuestro objetivo es poner
fin a las muertes causadas por la malaria mediante una
cobertura universal en África para el fin de 2010.
Para ello, hay que suministrar a todos los habitantes en
riesgo en África mosquiteros impregnados de insecticida
y rociamientos residuales en el interior de los hogares.
Análogamente, todos los establecimientos de salud
pública deben tener acceso a tratamientos y diagnósticos
efectivos para la malaria. Tiene que haber, también, un
tratamiento especial para las mujeres embarazadas en
regiones con una elevada incidencia de malaria. Hay que
fortalecer y expandir los medios para prestar estos
servicios, en particular por medio del personal
sanitario en las comunidades. Habiendo todavía tantas
defunciones por causa de la malaria, es esencial también
que prosperen las actividades de investigación y
desarrollo para el control, la eliminación y la
erradicación de la malaria a más largo plazo.
África es la región donde se produce el mayor número de
defunciones por malaria, pero no podemos limitarnos a
ese continente. El mosquito de la malaria, como otros
problemas de nuestro mundo globalizado, no reconoce
fronteras.
Hay que proveer recursos en forma sistemática para que
los países, a más de planificar las actividades
antimaláricas, puedan sostenerlas por varios años.
Nuestros asociados tradicionales, el Banco Mundial, el
Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y
la Malaria y las naciones donantes deben aportar
financiación, con el apoyo del sector privado. Los
países en que la enfermedad es endémica tienen que
instituir planes para lograr la cobertura universal y
los
donantes deben responder con una financiación oportuna y
previsible en los próximos
meses.
Poner fin a la mortalidad por malaria insuflará nueva
vida a nuestra campaña más general por erradicar la
pobreza, de una vez para siempre. Este es uno de los
principales objetivos de desarrollo del Milenio, la
visión que adoptaron todos los gobiernos del mundo para
construir un mundo mejor en el siglo XXI. Poseemos los
recursos y los conocimientos especializados. Pero nos
quedan menos de mil días antes del fin de 2010.
Pongamos, pues, manos a la obra.
El autor es el Secretario General de las Naciones
Unidas.
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