|
Las verdaderas Naciones Unidas
Ban Ki-moon
Las Naciones Unidas, que suelen ser consideradas por sus
detractores una “tertulia”, son un lugar de reunión para
192 naciones miembros en el que, según se ha dicho de
forma memorable, no hay asunto tan insignificante que no
pueda ser objeto de un debate interminable.
Las verdaderas Naciones Unidas, sin embargo, aunque casi
invisibles para el gran público, están orientadas a la
acción. Estas auténticas Naciones Unidas alimentan a 90
millones de personas en más de 70 países y sus esfuerzos
representan la delgada línea azul que impide que los
hambrientos mueran de inanición. Estas Naciones Unidas
erradican enfermedades debilitantes como la viruela y la
poliomielitis y vacunan al 40% de los niños del mundo.
Aportan cada año 2.000 millones de dólares en socorro de
emergencia para casos de desastre y mantienen el segundo
ejército más grande del planeta —una fuerza mundial de
mantenimiento de la paz integrada por 120.000 valerosos
hombres y mujeres que van a donde otros no pueden o no
quieren ir.
Cuando viajo, con frecuencia a los lugares más difíciles
del mundo, siempre trato de conocer a las personas que
se ocultan tras esos hechos y esas cifras.
Recientemente, en un festival de cine celebrado en
Jackson Hole, Wyoming, presenté varias de esas personas
a los guionistas y directores de Hollywood que querían
conocer un poco más sobre las Naciones Unidas.
Una de ellas es una joven canadiense que trabaja para el
UNICEF, el organismo de las Naciones Unidas que se ocupa
de la protección, el bienestar y los derechos de los
niños en todo el mundo. Esta joven se llama Pernille
Ironside y su trabajo consiste en internarse, con un
pequeño equipo, en las selvas del este de la República
Democrática del Congo. Una vez allí, se enfrenta a los
caudillos y les exige que dejen ir a sus “niños
soldados”, niños y a veces niñas de apenas 8 ó 10 años
de edad, que han sido reclutados o secuestrados para
combatir en las prolongadas guerras de guerrillas que se
libran en ese país. La mayoría de las veces lo logra.
Durante los últimos años, la misión de las Naciones
Unidas en la República Democrática del Congo ha logrado
la liberación de 32.000 de esos niños, de una cifra que
se estima en 35.000. Pernille espera recuperar a los
demás antes de fines de año.
Otra de esas personas es Kathi Austen, una Experta de
las naciones Unidas en la cuestión del tráfico de armas
que durante buena parte de la última década se dedicó a
localizar a contrabandistas ilegales de armas que operan
en la República Democrática del Congo y en otras zonas
de conflicto de África. En parte como resultado de sus
tenaces esfuerzos, Victor Bout, presunto jefe de una de
las redes de tráfico de armamentos más grandes del
mundo, fue detenido recientemente en Tailandia, acusado
de terrorismo.
Ishmael Beah, nombrado por el UNICEF defensor de los
niños y niñas afectados por la guerra, contó sobre su
vida como niño soldado durante los 10 años de guerra
civil en Sierra Leona. Gracias a un programa de
rehabilitación de las Naciones Unidas, no sólo pudo
sobrevivir sino también progresar, y logró finalmente
llegar a los Estados Unidos, donde estudió en el Oberlin
College y escribió un libro sobre sus experiencias que
ha tenido enorme éxito.
Una joven de Sierra Leona, Mariatu Kamara, también contó
su historia. Tenía 12 años cuando los rebeldes mataron a
sus padres y, como sucedió con otros muchos miles de
niños, le cortaron las manos. Con la ayuda de las
Naciones Unidas, ella también logró sobrevivir. Hoy día
vive con su familia adoptiva en Toronto y estudia en la
universidad. Cada cierto tiempo regresa a su tierra
natal a contar su historia y a crear conciencia sobre la
labor que hace el UNICEF en todo el mundo.
En mi trabajo, he conocido a muchas otras personas, las
que integran las verdaderas Naciones Unidas, que pocas
veces son tan famosas, pero siempre son igualmente
desinteresadas y entregadas a lo que hacen. En realidad,
la parte más importante de nuestra labor suele ser la
menos visible.
Durante la visita que realicé esta primavera al África
occidental vi a los equipos de las Naciones Unidas en
Liberia que se esfuerzan por ayudar al Gobierno a
restablecer tras años de guerra los más elementales
servicios sociales, a saber: la electricidad, el
abastecimiento de agua, el saneamiento, las escuelas. En
Côte d’Ivoire, me reuní con asesores de las Naciones
Unidas que ayudan a una nación dividida por el conflicto
a celebrar elecciones y dar paso a una era de democracia
auténtica y duradera.
En Burkina Faso, al borde meridional del Sáhara, el
desierto que avanza, las Naciones Unidas han llevado
generadores de combustible diésel a aldeas de zonas
rurales que carecen de electricidad. Los generadores se
utilizan para moler cereales y aliviar el hambre, pero
también para recargar los teléfonos celulares que
permiten a los agricultores mantenerse en contacto con
los mercados regionales para así decidir cuáles cultivos
sembrar y en qué momento. Por lo general, esas pequeñas
empresas son dirigidas por cooperativas de mujeres, lo
que les confiere nueva autoridad y eleva su condición en
las comunidades. Son esas pequeñas intervenciones las
que ayudan a cambiar el mundo.
En ocasiones me pregunto cómo es posible que yo, un
joven coreano que vivió y creció entre los más pobres de
una aldea destruida por la guerra, en una familia que no
siempre sabía cómo obtendría su próxima comida, haya
llegado a tener el privilegio de ser parte de esta noble
empresa.
Y en cuanto a la tertulia de Turtle Bay —el barrio donde
está ubicada la Sede de las Naciones Unidas—, permítanme
recordarles que a veces conversando también se obtienen
logros.
Son las conversaciones las que han permitido desplegar
al personal de mantenimiento de la paz de las Naciones
Unidas en 18 países de cuatro continentes. Son las
conversaciones las que han permitido recaudar el dinero
y establecer el mandato de los programas que alimentan a
tantos de los que sufren hambre en el mundo. Son las
conversaciones las que guían los primeros pasos que da
el mundo para hacer frente al cambio climático, a la
crisis alimentaria global y a una cotidiana sucesión de
crisis humanitarias.
El autor es el
Secretario-General de las Naciones Unidas.
subir |